Un laberinto literario llamado Merlín

Una casa antigua con tres pisos en el centro de Bogotá se convierte en un lugar único, que hace honor a su nombre porque cuando se entra parece que la magia detuviera el tiempo.

“Piérdase y disfrute” son las palabras que Célico Gómez les dice a quienes entran a Merlín. Juliana Jaimes

Hay una calle del libro en Bogotá. Un callejón donde en cada esquina usted puede encontrar los textos que quiera: nuevos, de segunda o imitaciones, de todos hay y todos se los ofrecen. Voy en busca de Merlín, una de las librerías que, según me dicen, es de las más grandes en Bogotá. En medio de la lluvia, sobre la calle 16 con la carrera 8ª intento encontrar una gran tienda de libros: inmensas repisas con diferentes autores, sala de lectura y muebles para leer, los libros ordenados y en su lugar. Así me imagino a Merlín.

Después de un tiempo de búsqueda, en lo que resultó ser solo un callejón, me decido a preguntar. –Merlín es ahí en medio de la siguiente cuadra –me responden. Llego a una casa vieja, que aparentemente no se ve muy grande. En medio de vendedores ambulantes y una que otra cafetería, un letrero verde sobre una pequeña puerta me indica que encontré el lugar que buscaba.

Entro a la librería y lo primero que puedo percibir es un olor a páginas viejas y libros usados. Hay varias columnas de libros sobre el suelo porque, al parecer, los estantes ya se encuentran llenos. Es una entrada repleta de libros y en el fondo un pequeño escritorio en donde se cancela la compra. No veo mucho más. Decido acercarme y para poder entrar me piden dejar mi bolso guardado, subo unas escaleras que conducen a un corredor cubierto de tejas verdes, una tela con una mandala café y varias plantas alrededor.

Las escaleras me llevan a un gran cuarto. Hay libros en el piso, en las esquinas, sobre las mesas y en los estantes. Encima de cada montón de libros en el suelo se puede ver un letrero de cartón blanco que está escrito con marcador negro, donde aparece el nombre del autor. La madera del piso resuena en cada paso y corta el silencio en la habitación. Merlín es una librería que por lo general es bastante concurrida, según me indica uno de los vendedores.

Sin embargo, siempre hay silencio. Se pueden sentir la paz y la quietud del lugar. Tal vez sea porque son muchos los espacios y la gente está en diferentes partes de la casa, o tal vez sea porque se convierte en un laberinto donde todos se pierden en el espacio físico, pero seguramente se encuentran en las historias de los libros que van a buscar.

En esta librería el tiempo no se siente, cuando se llega a un lugar y al instante se puede ver un nuevo atajo que conduce a otro espacio. Merlín es un laberinto de libros, de secretos y de historias. Es un espacio que, tal vez sin querer, simboliza lo que significa la literatura: miles de ideas en el aire, ideas que no se pueden contener y que no siempre están ordenadas pero que, sin duda alguna, generan arte puro.

Célico Gómez fundó Merlín en el año 2000. Cuando empezó el negocio, solo utilizaba el primer piso, pero después de un tiempo, al ver la acogida de los que se convirtieron en clientes frecuentes, decidió comprar el resto del lugar. Tres niveles divididos en, por lo menos, 30 espacios diferentes. En la entrada se puede encontrar literatura sobre teoría musical, historias de tango, baladas, boleros y rock nacional e internacional. En el segundo piso están todos los títulos de literatura latinoamericana, colombiana y norteamericana: Virginia Woolf, Ernest Hemingway, Octavio Paz y García Márquez comparten el mismo espacio. Todos acomodados sobre el suelo y con el mismo cartón blanco de letras negras.

Finalmente, al subir al último ambiente, se pueden encontrar tres principales temáticas: artes, filosofía y una sección de revistas de los años 50 y 60. Allí están las colecciones de revistas nacionales como Archivo nacional, Bolívar, El circuito, Cromos, Alternativa, Arcadia, Semana, e internacionales como Conjunto de Cuba; Sputnik de Rusia; Time y National Geographic de Estados Unidos.

Los libros no están divididos según los ejemplares más vendidos del mes, por el contrario, allí todo es relevante y la literatura se convierte en algo atemporal. Célico Gómez inició un negocio de trueques e intercambios que hoy en día es una de las librerías más grandes en la ciudad, que recibe constantemente donaciones de diferentes lados. Muchos clientes llevan libros que intercambian por otros títulos. Merlín se compuso de la biblioteca personal de miles de bogotanos. Las historias que algún día los alegraron, no perecerán en el tiempo, porque se encuentran en un rincón de este lugar esperando a ser escogidas por alguien más.

“Esta librería es única, yo venía mucho antes de comenzar a trabajar aquí. En Merlín encuentras de todo y lo mejor es el espacio, tenemos una galería de arte y varias salas de lectura con diferentes artículos de colección”, me dice David, uno de los libreros que trabajan en el lugar.

Las sillas de cuero, diferentes cuadros de pinturas, colecciones de reliquias y antigüedades, un viejo radio sobre una mesa de centro y hasta un cuaderno abierto en el centro de una habitación en el que se puede escribir lo que sea, son algunos de los detalles que hacen de Merlín algo más que una librería. En este espacio pasa a segundo plano la relación comercial de venta de libros, lo que le importa al dueño es que la gente se interne en su laberinto literario y entre en contacto con un pequeño mundo construido para sumergirse en las letras.

“Piérdase y disfrute” son las palabras que Célico acostumbra decir a quienes entran a preguntar a este lugar. Merlín es una librería sin reglas, no hay un solo camino que indique una ruta ordenada para seguir, todo está conectado y siempre habrá una sala nueva por descubrir. Sin duda alguna, el espacio hace honor a su nombre, porque pareciera que la magia se apoderara de cada piso, cada rincón y sobre todo, cada historia que esos más de 200.000 libros aún tienen por contar.

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